Veo a las adolescentes ya tan lejanas a mí. Con su belleza abrumadora, su inocencia, sus ganas de vivir, su para ellas desconocida capacidad de seducir. Sus inseguridades. Sus risas. Su necesidad de aprobación. Para ellas soy invisible. No existo. No me ven. No les intereso. Así está bien. Absortas en el instante maravilloso y terrible de la edad de la belleza. Ellas, jóvenes y vitales, con su provocadora inocencia, con su descarada belleza, con la certeza de la juventud caminando a mi alrededor sin saber que existo. Qué hermosa la vida a cierta edad. Es decir, a mi edad cuando ya he superado todas las vergüenzas, las penas y las inseguridades de la edad más bella de la vida.