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Mostrando entradas de junio, 2019

No eres tú

Hay en tu rostro hastío, cierto gesto que esconde, quizá, tristeza. No eres la tú de otros veranos, la de los ojos como relámpagos. Eres una tú mansa, cansada de soledad. ¿De quién escondes el fuego de tu mirada?

Fui muchos

Fui Fausto y Mefisto. Fui el que atravesó a nado el Guarinó. Fui Sandokán en Mompracem. Fui el que subió a los páramos. Fui un niño en una bicicleta pedaleando bajo la lluvia. Fui el joven que bailaba sin descanso. Fui el lector incansable. Fui el soñador de imposibles. Fui el alfa y omega de mi vida. Fui el tímido y el silencioso. Fui el más escéptico. Fui el Don Juan buscando a Doña Inés. Fui el caminante incansable de ciudades. Fui de la mano de Virgilio por los círculos del infierno. Fui el escribidor. Fui, sobre todo, el poeta siempre. Fui muchos...y todos te amábamos.

Los días del verano

Las tempestuosas pasiones, las horas contadas, las pieles eternas como playas, los torrenciales aguaceros de caricias y besos. Cuánto extra ño los días del verano, la eternidad de tu juventud.

Cuando el amor se va

Notó que ya no era igual. Un solo gesto o silencio casi imperceptible en un instante es suficiente para saber que algo ya no es lo que fue. Y ella no era la misma. Los dos lo supieron; pero los había tomado por sorpresa, y ambos callaron. Siguieron como si todo estuviera igual entre los dos. Más los dos sufrían ya la futura ausencia.  Pasaron meses antes de que ella se atreviera a convertir en palabras el adiós que ya le había dicho con sus silencios. Hasta el día en que ella ya no aguantó más (es posible que él tampoco hubiese aguantado más) y el adiós se hizo palabra, la palabra se hizo nudo en la garganta y no tuvieron más que decirse. Así que él tomó sus poemas, sus miradas, sus besos, sus caricias y se fue. El viaje lo comenzó porque tenía que dejar atrás esos instantes que compartieron. Es lo que se suele hacer en estos casos. Sin embargo, sabía que los momentos en que ella y él fueron uno solo y el universo entero, se irían con él. La olvidaría a ella, poc...

Una mujer que huía

No recuerdo qué tiempo hacía cuando la tristeza vino a entristecer mis sueños. No recuerdo por qué venía con tanto frío en las venas esa tristeza mía. Sólo recuerdo a una mujer que huía, que buscaba esconderse del amor que sentía, una mujer que había olvidado nadar en el amor, que huía de mí para buscar a otro, aunque su tristeza desaparecía en mis brazos.

La edad de la belleza

Veo a las adolescentes ya tan lejanas a mí. Con su belleza abrumadora, su inocencia, sus ganas de vivir, su para ellas desconocida capacidad de seducir. Sus inseguridades. Sus risas. Su necesidad de aprobación. Para ellas soy invisible. No existo. No me ven. No les intereso. Así está bien. Absortas en el instante maravilloso y terrible de la edad de la belleza. Ellas, jóvenes y vitales, con su provocadora inocencia, con su descarada belleza, con la certeza de la juventud caminando a mi alrededor sin saber que existo.  Qué hermosa la vida a cierta edad. Es decir, a mi edad cuando ya he superado todas las vergüenzas, las penas y las inseguridades de la edad más bella de la vida.

¿Volverá el amor?

¿Llegará el tiempo de volverse a ver allá donde nuestros cuerpos se convierten en poesía y la piel nos protege de la soledad, allá donde somos playa para el mar del otro? ¿L legarán las noches para bailar hasta el amanecer el infinito anhelo de ser ala y vuelo a la vez? ¿Volve rá el amor que nos devuelva la mirada del otro y las estrellas que cruzan el cielo de los deseos? ¿L legaremos alguna vez al otro?

1985, Il migliore anno della nostra vita

Para Lori con amor Tu mirada se cruzó con mis sueños en una tarde en que el sol ya se perdía entre el ruido de los carros y la gente pasaba distraída en sus pensamientos.  Nadie en el mundo sabía en ese momento que entre tú y yo se empezaba a tejer el amor. Fue la primera vez que a los dos se nos aceleró el corazón    y seguimos nuestro camino con una sonrisa en la cara. Tú me hablaste primero y yo casi no logro decirte nada de los nervios. Los dos nos reímos por ello. Tu mirada de ojos verdes y la sonrisa fueron suficientes para que en ese lejano julio de hace 34 años entre tú y yo viviéramos el mejor año de nuestra vida. Te amo por esos pequeños gestos y maravillosos momentos de los que está hecha nuestra felicidad. Te he amado siempre.

Una mujer de rojo

Ayer una ráfaga de rojo y una mujer posando entre distraída y atenta, sabedora de que la observo, desataron los nudos de la distancia. Y despertaron en mí la tempestad de un amor que no muere, que no vive.

Sin ella

Al comienzo del invierno, se quedó sin sus palabras que lo cobijaban, sin la vitalidad de su mirada  que aceleraba el corazón, sin la chispa divina de su risa  que le desataba el nudo gordiano de la tristeza. Más allá de los sue ñ os y días vividos, ella  voló sin él  a otra vida. Al borde de la tristeza él se refugió  de su ausencia en el silencio y la desolación. A finales del invierno lo encontraron sin amor y sin vida en un poema que hablaba de ella.

Fugaz encuentro

En ese instante lo intuimos: lo hubiéramos sabido al besarnos, lo hubiéramos sentido al amarnos. Si lo hubiéramos vivido, hubiéramos sido el amor perfecto. Pero fue la primera  y última mirada de un fugaz encuentro.