Encuentros casuales
A veces la derrota me embarga. Soy una quejadera inaguantable. Me detesto cuando me doy lástima. Entonces ese yo que nunca me deja, que me fuerza a la vida y a la alegría empieza a recordar a las mujeres que, sin conocerlas, por un instante compartieron conmigo su alegría. Regreso al primer ayer del que tengo memoria y veo a las mujeres que han significado algo, aunque sea por un instante, en mi vida. A ella que se quedó un segundo de más mirándome una mañana en que iba en una buseta repleta a clases en la universidad; a la enfermera que me tuvo la mano el día en que me fracturé la mano; la ni ñ a que le dijo a la mamá mientras me miraba que mirara a ese se ñ or tan lindo; a esa otra que en un almacén me preguntó si era un actor; a ella que en la antesala del odontólogo charló conmigo sobre lo hermoso que es hablar con desconocidos, sin olvidar nunca a esa guapísima adolescente que en una fiesta en casa de unos amigos nos miramos todo el tiempo y yo, que era más que tímid...