Cuando el amor se va
Notó
que ya no era igual. Un solo gesto o silencio casi imperceptible en un instante
es suficiente para saber que algo ya no es lo que fue. Y ella no era
la misma. Los dos lo supieron; pero los había tomado por
sorpresa, y ambos callaron. Siguieron como si todo estuviera igual
entre los dos. Más los dos sufrían ya la futura ausencia.
Pasaron
meses antes de que ella se atreviera a convertir en palabras el adiós
que ya le había dicho con sus silencios. Hasta el día en que ella
ya no aguantó más (es posible que él tampoco hubiese aguantado
más) y el adiós se hizo palabra, la palabra se hizo nudo en la garganta y no tuvieron más que decirse.
Así
que él tomó sus poemas, sus miradas, sus besos, sus caricias y se
fue.
El
viaje lo comenzó porque tenía que dejar atrás esos instantes que
compartieron. Es lo que se suele hacer en estos casos. Sin embargo,
sabía que los momentos en que ella y él fueron uno solo y el
universo entero, se irían con él. La olvidaría a ella, poco
probable, pero su amor siempre estaría con él.
Ahora
tenía frente a él la tierra infinita de la soledad. La vieja y
querida soledad, el territorio de su vida.
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