Yo soy tímido
No
conozco nadie más tímido que yo. Soy tímido desde que me
despierto hasta que me duermo. Soy tímido desde que tengo memoria de
que era tímido. A mí me da pena todo. Le temo a hacer el oso más
que a cualquier cosa. Me muero de la pena siempre. Padezco de
timidez, de una incontrolable timidez. Me gustaría ser invisible.
Pasar desapercibido. Que nadie me note.
Pero
no puedo ejercer esa timidez que me fue dada como un don, porque
desde que tengo memoria de que uno se enamora, vivo enamorado. Y ese
oficio de enamorar y vivir enamorado requiere sobredosis de valor
para hacer achinar los ojos de este tímido para que ella sepa que
aquí estoy, sonreír sin que parezca lo que parece, decir palabras
que suenen a cielo y a beso, y susurrar ilusiones al oído de ella.
Esas palabras y gestos cargados de esperanza de que ella me mire, se
digne quererme, quiera compartir besos, caricias y sueños
conmigo.
Así
que vivo en una lucha continua entre la timidez y el amor. Y ambos me
derrotan cada vez que me descuido. Es decir, todo el tiempo.
Pero
yo soy tímido y por eso me hago invisible en los libros que leo, en
las historias que me cuentan, me mimetizo en un poema y siempre,
siempre soy absolutamente tímido cuando me sonríes y me dices una
vez más las palabras mágicas de todos las historias de amor “es
que te amo y aún no sé por qué”.
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